La abeja y los zánganos de Tomás de Iriarte

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La abeja y los zánganos

A tratar de un gravísimo negocio,
se juntaron los Zánganos un día.
Cada cual varios medios discurría
para disimular su inútil ocio;
y, por librarse de tan fea nota
a vista de los otros animales,
aun el más perezoso y más idiota
quería, bien o mal, hacer panales.
Mas, como el trabajar les era duro
y el enjambre inexperto
no estaba muy seguro
de rematar la empresa con acierto,
intentaron salir de aquel apuro
con acudir a una colmena vieja
y sacar el cadáver de una Abeja
muy hábil en su tiempo y laboriosa,
hacerla, con la pompa más honrosa,
unas grandes exequias funerales
y susurrar elogios inmortales
de lo ingeniosa que era
en labrar dulce miel y blanda cera.
Con esto se alababan tan ufanos,
que una Abeja les dijo por despique:
– ¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos,
jamás equivaldrá vuestro zumbido
a una gota de miel que yo fabrique.
¡Cuántos pasar por sabios han querido
con citar a los muertos que lo han sido!,
¡y qué pomposamente que los citan!
Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

Fin de La abeja y los zánganos de Tomás de Iriarte.

Moraleja

Fácilmente se luce con citar y elogiar a los hombres grandes de la Antigüedad; el mérito está en imitarlos.

Curiosidades sobre la vida y obra de Tomás de Iriarte

Su reconocimiento literario es obra principalmente de sus Fábulas literarias (1782), consideradas de mayor calidad poética que las de Félix María Samaniego, en las que ensayó la utilización de diversas estrofas y versos, algo poco corriente en el género de la fábula, reuniendo una serie de poemas satíricos y moralizantes que encierran muchas veces una burla feroz de sus coetáneos. Murió de gota el 17 de septiembre de 1791 en Madrid.

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