El oso, la mona y el cerdo de Tomás de Iriarte




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El oso, la mona y el cerdo

Un Oso, con que la vida
ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.
Queriendo hacer de persona,
dijo a una Mona: – ¿Qué tal?
Era perita la Mona,
y respondiole: – Muy mal.
– Yo creo, replicó el Oso,
que me haces poco favor.
Pues ¿qué?, ¿mi aire no es garboso?,
¿no hago el paso con primor?
Estaba el Cerdo presente,
y dijo: – ¡Bravo!, ¡bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto, ni verá.
Echó el Oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y, con ademán modesto,
hubo de exclamar así:
– Cuando me desaprobaba
la Mona, llegué a dudar;
mas ya que el Cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar.
Guarde para su regalo
esta sentencia un autor:
Si el sabio no aprueba, ¡malo!;
si el necio aplaude, ¡peor!

Fin de El oso, la mona y el cerdo de Tomás de Iriarte.

Moraleja

Nunca una obra se acredita tanto de mala como cuando la aplauden los necios.

Curiosidades sobre la vida y obra de Tomás de Iriarte

Su carrera literaria se inició como traductor de teatro francés. Tradujo, además, el Arte poética, de Horacio, aunque fue muy discutida su versión. Fue el primer dramaturgo que consiguió dar con una fórmula que uniese las exigencias de los tratadistas del Neoclasicismo literario con los gustos del público. El éxito le llegó con la presentación de su obra El señorito mimado. Era asiduo a las tertulias, saraos y reuniones tanto políticas como culturales, fue, pues, el prototipo del cortesano dieciochesco.

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