El mito de Perseo y Medusa

perseo y la cabeza de Medusa Florencia

En el fin del mundo, en una roca en el océano, vivía una mujer con garras terribles, alas de bronce y el aliento fétido propio de los cadáveres. Su cabello era un nido de serpientes venenosas con vida. Si la mirabas, de inmediato te convertías en piedra, su nombre era Medusa, la gorgona.

El joven que debía destruirla vino de las mismas sombras que engendraron a ambos, tenía que llegar donde ella habitaba para cumplir con su heroico destino final. Se llamaba Perseo.

Acrisio, el rey de Argos tenía una hija, Danae, y ahora deseaba tener un hijo, pero, ¿y si su esposa le daba otra hija? ¿y si estaba destinado a tener sólo hijas por siempre? Su nombre se perdería cuando sus hijas se casaran. Este deseo de tener un hijo varón lo consumía, y realizo cientos y cientos de sacrificios a los dioses, los creadores del cielo, la tierra y la luna, hasta que al final visitó al Oráculo.

El rey se arrodillo en el templo, con la boca seca y con su corazón latiendo como el viento que golpeaba en la puerta del templo. «Quiero un hijo» dijo, y los dioses hablaron por boca del Oráculo, que le dijo que habría un varón, pero no sería su hijo, sino el hijo de su hija Danae, un varón del que oiría su risa y ese varón un día mataría al rey.

El rey enfurecido volvió a su palacio y confinó a Danae en una celda, un cuarto de bronce del que era imposible escapar, no había más que silencio, oscuridad y un solo rayo de luz en una esquina de la celda. Danae descubrió su único consuelo en este rayo de luz, lo miró semana tras semana, mes tras mes, y se entregó a aquella luz que un día se convirtió en oro, oro auténtico que cayó en su regazo, mientras ella yacía allí inmóvil.

Era Zeus, el rey de los dioses, que estaba cumpliendo la profecía, y Danae dio a luz al hijo de Zeus en la oscuridad y el secreto de su celda, era un varón, y lo llamó Perseo. Su destino lo esperaba al final del mundo en una roca azotada por el mal.

Pasaron los años y el pequeño Perseo sólo conocía la dimensión de su cuarto, las dulces caricias e historias de su madre y el paso tranquilo de los días. Se preguntaba cómo era el mundo y su madre le explicó que era diferente a la celda en la que vivían, así es como tuvo conciencia de su condición de preso.
Cuando Perseo cumplió seis años, Danae le fabricó una espada a partir de la madera del pie de su cama que pulió con la roca de las paredes de la celda. Al entregársela, el pequeño la miró con preocupación, como si empezase a presentarse su destino ante él de forma súbita.

«Pelearás con esta espada, matarás a las bestias, muy lejos de aquí, en una roca al final del mundo, vive una mujer con garras terribles, alas de bronce y el aliento de los difuntos. Su cabello es un nido de víboras que se mueven, siempre, si la miras… te conviertes en roca.»

Perseo comenzó a jugar contento con su espada, blandiéndola por la celda. Pero los sonidos que emitía Perseo, hicieron eco en el solitario y silencioso palacio y llegaron hasta el rey, que fue siguiéndolos por los pasillos, y le hicieron bajar hasta las entrañas de su palacio donde sorprendió a Danae y al pequeño Perseo.

Danae suplicó por la vida de Perseo, pero el rey había tomado ya la determinación de meterles en un arcón y arrojarlo desde el acantilado más alto al océano para que el mar enfurecido despedazase el arcón contra las rocas.

Perseo escucho el sonido del arcón al cerrarse, sintió un gran vacío en el estómago, y como le suspendía en el aire la tremenda caída, dando vueltas y vueltas, abrazó a su madre y sintió el golpe del agua, que entraba por los maderos del arcón. Oyó el golpe contra la roca y luego los sonidos de la madera al ser arrastrada, quién sabe a dónde, y pudo percibir el olor de la sal del agua de mar, y se agarró, se agarró en silencio a su madre callada.

El sueño los invadió a ambos, pero despertaron y aún estaban allí encerrados en la oscuridad. Ahora el arcón se mecía de lado a lado, con suavidad, flotando. Les llevaron las corrientes y les arrastraron las mareas, sin saber cuanto tiempo había pasado, pues no había día ni noche, sólo oscuridad.

La deriva les llevo hacia una orilla y de repente el arcón se abrió dejando pasar mucha más luz de la que el joven Perseo había visto en su vida y mucha más luz de la que Danae recordaba que pudiese haber en el mundo. Tras esta luz, asomó el rostro sonriente de Dictis de la isla de Sérifos.

Fueron a parar a este pueblo isleño donde vivieron en paz de forma humilde y donde Perseo dejó atrás la niñez para convertirse en un bello y fuerte joven. Un día, el rey de la Isla, Polidectes, advirtió su presencia y se enamoro de Danae, y les propuso a ambos vivir en su palacio si Danae aceptaba casarse con él. Pero lo que en principio fuese una oferta, se convirtió en una imposición. Polidectes era un ladrón y abusando así de su poder, terminó por decidir el casamiento, e invitar irónicamente a Perseo a este acontecimiento si le llevaba como presente su peso en oro o si simplemente llenaba el arcón en el que habían llegado a la isla de aquel metal. Perseo recodó la historía que su madre le contó al ver la espada de madera en el arcón, y le dijo al rey que le traería algo mucho mejor que el oro, la cabeza de Medusa, la gorgona.
Polidectes rió, pues le parecía imposible esta hazaña y creía que mantendría a Perseo muy lejos de él y que quizá jamás volviese a verle.

Y así fue como Perseo, mitad humano y mitad dios, en cinco días y cinco noches debía hacerse con la cabeza de Medusa, pues la boda se celebraría al sexto día. ¿Cómo conseguiría la cabeza? ¿Donde estaba esta isla?

Pasó un día entero a la orilla del mar, mirando el horizonte. Desesperado ya, recibió ayuda de los dioses, pues él era el hijo de Zeus, y fueron Atenea y Hermes quienes lo buscaron y le dieron una magnífica espada y un escudo de bronce, Atenea le aviso que no mirara directamente al monstruo sino que lo hiciera a través del reflejo del escudo. Debía buscar a las gorgonas, hermanas de Medusa, ellas sabrían donde encontrarla.

Al fin Perseo encontró a las gorgonas, tres brujas que tenían un solo diente y un solo ojo. Perseo consiguió arrebatarles el ojo que se estaban pasando la una a la otra en un momento de despiste, y solo se lo devolvería si le decían donde encontrar a su hermana Medusa. Las gorgonas no querían traicionar a su hermana, pero finalmente le dijeron todo lo que Perseo necesitaba saber para encontrarla. «Ve a ver a las ninfas de Estigia, ya que ellas tienen la gorra de la invisibilidad, una bolsa mágica para llevar la cabeza y las sandalias aladas.» Perseo cumplió su palabra y les devolvió el ojo a las tres traidoras hermanas.

Las ninfas, que eran tan bellas como feas eran las gorgonas le dieron los tres objetos y dicen que voló tan lejos con las sandalias aladas que llegó al lugar donde estaba el gran titán Atlas, cuyo castigo era sostener los cielos, y le habló al triste y agotado gigante. Sin embargo, su voz era diminuta y le costó mucho conseguir que Atlas le comprendiese y pudiese darle las indicaciones para encontrar a Medusa, la gorgona. «La gorgona está al fin del mundo, yo sueño que pasa y me convierte en una gran roca… No más peso que soportar.»

Medusa pudo saber de las intenciones de Perseo por sus hermanas y le esperaba.

Perseo aterrizó en la isla del fin del mundo y miro las estatuas de la gente que había mirado a Medusa, llevaba puesta la gorra y tenía la espada, pero nada parecía ayudarlo, era invisible, pero estaba seguro de que ella podía verlo, tenía miedo, mucho miedo.
Medusa sabía que estaba allí y le pidió que se mostrase ante ella. La hipnótica voz de Medusa le pedía que se diese la vuelta. Él quería mirarla, quería verla, la curiosidad y la voz de Medusa le atraían a hacerlo, pero sabía que no debía, puesto que moriría, y no podría salvar a su madre.
«Quiero que me veas, y quiero verte también» repetía Medusa, pero Perseo no miraría y mirando el reflejo de Medusa en su escudo se acerco caminando de espaldas y blandiendo la espada en la otra mano hacia ella para cortarle la cabeza.

Cada paso que se acercaba a Medusa Perseo sentía más miedo y la voz se hacía más poderosa, era más tentador mirar, pero su determinación era implacable y al conseguir acercarse lo suficiente, de un certero espadazo, rebanó la cabeza de Medusa, sin mirar la cogió del suelo y la introdujo en su saco mágico y huyó de aquel terrible lugar.

Perseo partió sin demora hacia el palacio pero antes hizo un alto en su camino y se apiado de Atlas, le mostró la cabeza de Medusa para que pudiese dormir el largo sueño y aliviarle de su carga.

Se presentó Perseo en el palacio en plena celebración de la boda, su madre corrió a abrazarle y Perseo habló a Polidectes. «He traido un regalo a tu boda, ¿te gustaría mirarlo?». Polidectes empezo a ridiculizar a Perseo delante de todos los presentes, incrédulo de que Perseo hubiese conseguido la cabeza de Medusa con tono irónico, recomendó a todos que se marchasen de allí pues una mirada serviría para que todos terminasen petrificados. Sus cortesanos se marcharon, pues temían a lo que decía el rey aunque fuera un cuento de niños. Y Perseo finalmente tomo la cabeza de Medusa por sus terroríficos cabellos de víboras para mostrársela al mezquino rey, el cual, finalmente dejó de lado la incredulidad, que se transformo en el terror más absoluto un momento antes de convertirse en piedra.

Acrisio, oyó de las hazañas de Perseo y dejó Argos por miedo de que la profecía del oráculo se hiciese realidad, mas no era la venganza lo que deseaba Perseo, sino la compasión lo que le hizo partir al encuentro del rey, quería hacerle saber que no tenía intención de matarle. Sin embargo, en un alto en su camino, participó en unos juegos en los que lanzó un disco, tan lejos, con su fuerza divina, que fue a dar directamente con Acrisio, causando su muerte y satisfaciendo la voluntad de los dioses, que rara vez se ajusta a los designios y decisiones de los hombres.

Dedicado a Lucas Perseo y a su tío

2 comentarios en “El mito de Perseo y Medusa”

Deja un comentario