El erudito y el ratón de Tomás de Iriarte

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El erudito y el ratón

En el cuarto de un célebre Erudito
se hospedaba un Ratón, Ratón maldito,
que no se alimentaba de otra cosa
que de roerle siempre verso y prosa.
Ni de un Gatazo el vigilante celo
pudo llegarle al pelo,
ni extrañas invenciones
de varias e ingeniosas ratoneras,
o el rejalgar en dulces confecciones
curar lograron su incesante anhelo
de registrar las doctas papeleras,
y acribillar las páginas enteras.
Quiso luego la trampa
que el perseguido Autor diese a la estampa
sus obras de elocuencia y poesía;
y aquel bicho travieso,
si antes lo manuscrito le roía,
mucho mejor roía ya lo impreso.
– ¡Qué desgracia la mía!,
el Literato exclama, ya estoy harto
de escribir para gente roedora,
y por no verme en esto, desde ahora
papel blanco, no más, habrá en mi cuarto.
Yo haré que este desorden se corrija…
Pero sí; la traidora sabandija,
tan hecha a malas mañas, igualmente
en el blanco papel hincaba el diente.
El Autor, aburrido,
echa en la tinta dosis competente
de solimán molido;
escribe, yo no sé si en prosa o verso,
devora, pues, el animal perverso;
y revienta por fin… – ¡Feliz receta!,
dijo entonces el crítico Poeta,
quien tanto roe, mire no le escriba
con un poco de tinta corrosiva.
Bien hace quien su crítica modera;
pero usarla conviene más severa
contra censura injusta y ofensiva,
cuando no hablan con sincero denuedo
poca razón arguye, o mucho miedo.

Fin de El erudito y el ratón de Tomás de Iriarte.

Moraleja

Hay casos en que es necesaria la crítica severa.

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