El ciervo sin cerebro de Babrio



Fabula infantil El ciervo sin cerebro de Babrio con moraleja final. Para niños y grandes. Buena lectura.

Un león enfermo estaba echado en un barranco pedregoso, lánguidamente despatarrado en el suelo. Tenía una zorra amiga que le hacía compañía, a la que le dijo un buen día: «Si quieres salvarme —porque me estoy muriendo de hambre por el ciervo que vive en aquel jaral leñoso que hay debajo de los pinos robustos, y ahora ya no tengo fuerzas para perseguir al ciervo—, si tú quisieras, me lo traerías a mis manos, apresándolo con tus dulces palabras.» Se fue la astuta y encontró al ciervo en el salvaje bosque retozando en la blanda hierba. Primero le hizo una reverencia, después lo saludó y le dijo que venía como mensajero de buenas noticias. «El león —dijo—, como sabes, es mi vecino y está mal, más aún, está cerca de la muerte. Ha estado pensando quién va a reinar sobre los animales tras él. El jabalí es un bruto, el oso un perezoso, el leopardo es irritable, el tigre un fanfarrón y además siempre anda por libre. Piensa el león que el más indicado para reinar es el ciervo; es señorial de aspecto, vive muchos años, tiene unos cuernos temibles para todos los reptiles y que se parecen además a ramas de árbol y no como los de los toros. ¿Para qué decirte más sino que has sido confirmado y que vas a reinar sobre los animales de las montañas? Cuando esto ocurra, acuérdate, señor, de la zorra que fue quien primero te dio la noticia. A esto he venido. Ahora, adiós, amigo. Me vuelvo enseguida junto al león, no sea que me ande buscando otra vez, ya que le sirvo de consejera para todo. Pienso que también tú deberías ir, hijo, si prestas oídos a esta vieja cabeza. Te convendría venir a asistirle y a animarle en sus trabajos. Estos detalles convencen a los que están en sus últimos momentos y las almas de los moribundos están en sus ojos.» Así habló la astuta y la mente del ciervo se envaneció con aquellas palabras tan bien compuestas y se fue a la hueca cueva de la fiera sin saber lo que iba a pasar. El león, saltando de su cama atolondradamente, le rasgó las orejas con la punta de las garras, por haberse tirado a él tan aprisa. El pánico hizo huir al ciervo acobardado desde enfrente de la puerta al medio del bosque. La raposa se retorcía las manos, porque su trabajo había sido gastado en vano. El león se lamentaba y se mordía los labios tanto por el hambre como por la irritación. Llamó de nuevo a la raposa y le suplicó que inventase otro segundo engaño para cazar el ciervo. Y ésta, dándole vueltas a los pensamientos desde el fondo del alma, suspiró: «Es difícil lo que me mandas, sin embargo te voy a hacer el servicio.» Y así se fue tras las huellas del animal como un perro hábil, urdiendo artimañas y todo tipo de trapacerías. A cada pastor que se encontraba le preguntaba si había visto pasar a un ciervo, ensangrentado y éstos, cuando lo habían visto, le señalaban el camino a seguir, hasta que por fin lo encontró en un lugar sombrío, recuperando el respiro tras la carrera. Entonces, la zorra, con todo el papo y el rostro de la Desvergüenza, se plantó ante él. Un escalofrío recorrió la espalda del ciervo, sus piernas empezaron a temblar, la cólera inflamó su corazón y dijo de esta manera: [tú, ahora, me persigues por todas partes y yo huyo], «tú, odioso animal, esta vez no te vas a alegrar si te acercas a mí y te atreves a musitarme algo. Ve a raposear a otros que no te conozcan, elige y haz reyes a otros». Pero el ánimo de la zorra no se doblegó sino que, replicándole, dice: «¿Así de innoble y miedoso eres tú? ¿Así sospechas de tus amigos? El león quería darte buenos consejos y para despertarte de tu letargo anterior te tocó la oreja, como haría cualquier padre moribundo. Iba a darle todo tipo de directrices de cómo gobernar tamaños dominios una vez que los heredases. Y tú no fuiste capaz de soportar el rasguño de una mano sin fuerzas, sino que te retiraste violentamente y así te desgarraste más. Él ahora está mucho más irritado que tú y al comprobar que no eres fiable en absoluto y que actúas con ligereza, dice que va a entronizar al lobo como rey. ¡Ay de mí, qué malvado tirano! ¿Qué puedo hacer? Tú eres la causa de todas nuestras desgracias. Ea, pues, pórtate con nobleza a partir de ahora. Deja de estar aterrorizado como una oveja del rebaño. Pues yo te juro por todas las hojas y las fuentes que ojalá seas tú solo el que me gobierne, que el león no es en absoluto tu enemigo, sino que con buenas intenciones te quiere nombrar señor de todos los animales.» De esta manera, liando al cervato, lo convenció a ir por segunda vez a la misma muerte. Después de encerrarse en el fondo de su guarida, el león, en solitario, celebró un banquete opíparo, a base de engullir la carne, de chupar el tuétano de los huesos y de devorar las entrañas. Por su parte, la que había traído la pieza se mantenía a un lado hambrienta, cuando de pronto, subrepticiamente, pudo apoderarse del cerebro[31] del ciervo que se había caído, e hincarle el diente. Tal fue la ganancia que obtuvo por lo que se había cansado. El león contaba una a una las entrañas y la única que le faltaba era el cerebro. Se puso a recorrer toda la cama y toda la casa, buscándolo. Y la astuta, para ocultarle la verdad, le dice: «No tenía cerebro, no busques en vano. ¿Qué cerebro iba a tener quien vino por segunda vez a la guarida del león?»

Fin de El ciervo sin cerebro de Babrio

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